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Ha muerto como un trasterrado sin dejar de mirar a su tierra, Venezuela, a la que dedicó su vida, sus esfuerzos, su pasión. Por ninguna razón merecía ese destino, incluyendo el procesamiento que lo sacó de su segunda presidencia de la República. Cuando se sosieguen las cosas y se vea la perspectiva histórica con cierta objetividad, esto quedará claro.
Carlos Andrés Pérez ha sido mi amigo durante casi cuatro décadas. Amigo más allá de los acuerdos y desacuerdos y, por eso, amigo. Es fácil hablar de amistad cuando solo hay coincidencias y realmente complicado cuando las discrepancias se manifiestan o cuando las circunstancias de la vida hacen el camino difícil y los que estaban próximos, o algo más que próximos, toman distancias “porque les conviene”.
También ha sido siempre amigo de España, en el poder y en la oposición; dentro de su país y en exilio. Allá por el año 76, cuando balbuceaba la Transición en España, con el Rey ya en su sitio, pero sin partidos legalizados que articularan el pluralismo democrático, me trajo en su avión, procedente del Congreso de la Internacional Socialista en Suiza.
El Rey fue a recibirlo, con los rituales de rigor. Convinimos que yo debería descender del avión oficial por otra puerta, con la discreción debida para no interferir en la ceremonia oficial. Una de las magníficas tiras de Peridis ilustra el momento en que el presidente de Venezuela saluda al Rey y le dice “traigo contrabando en el avión”. Yo era ese contrabando. Naturalmente desaparecí de ese escenario sin que nadie se percatara, salvo por sus palabras y la risa del Rey. Hasta la primavera siguiente no se produjo la legalización de los partidos.
La anécdota ayuda a comprender la personalidad arrolladora de CAP, como todo el mundo le llamaba.
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